«Si había un padre de la Patria, ese era Belgrano»

«Si había un padre de la Patria, ese era Belgrano»

«Si había un padre de la Patria, ese era Belgrano», dijo don José de San Martín. Belgrano es modelo de patriota, es modelo de aquel que renuncia a la comodidad de la vida confortable por amor a su patria.

Don Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770 y murió el 20 de junio de 1820 a los 50 años de edad. Sus padres fueron Domingo Belgrano, genovés, y Josefa González Caseros, porteña. Estudió Leyes en Salamanca, España. En 1793 se graduó en Valladolid y lo nombraron Secretario del Consulado estableciéndose en Buenos Aires. En 1797 asume como Capitán de las milicias en Buenos Aires.

Hasta 1806 su vida fue tranquila. Proviniendo de una familia rica Belgrano tenía la vida fácil, se dedicó al estudio de idiomas, del Derecho Público y de la Economía. Pero ante la invasión de los ingleses, ese mismo año, el fuego del deber patriótico tocó el corazón de don Manuel y marchó al Fuerte de Buenos Aires apenas escuchó la alarma general, donde reunió a numerosos hombres para enfrentar a los intrusos. Tras tomar la ciudad, los ingleses exigieron a todas las autoridades que juraran lealtad a su rey. El Consulado de Buenos Aires accedió a la demanda inglesa, excepto don Manuel Belgrano que sostuvo que «queremos al antiguo amo, o a ninguno» manteniendo la fidelidad al rey de España. Y entonces se fue de Buenos Aires y buscó refugio en la Banda Oriental. Posteriormente participó activamente en los hechos de mayo de 1810, siendo vocal de la Primera Junta.

Su participación en las luchas por la independencia fue muy importante. En 1812, nombrado Brigadier del Ejército, se estableció en Rosario, y después de inaugurar las Baterías Libertad e Independencia, creó la escarapela, y luego, a orillas del Paraná, creo la Bandera Nacional, que fue izada el 27 de febrero en la isleta Independencia. Debido a su profunda devoción a la Virgen María, sabemos que se inspiró en los colores de su manto, azul-celeste y blanco, para crear el pabellón que representara a la patria. Esta actitud le costó su primer enfrentamiento abierto con el gobierno centralista de Buenos Aires, personificado en la figura del ministro Bernardino Rivadavia que le ordenó a Belgrano destruir la bandera. Sin embargo, este la guardó y decidió que la impondría después de alguna victoria que levantara los ánimos del ejército y del Triunvirato. En Jujuy, en mayo de 1812, en pleno ambiente de guerra por la independencia, don Manuel se dirige a sus soldados, para hablarles del amor a la patria y su símbolo, la bandera recién creada y les dice estas palabras inolvidables que son para todos los argentinos que aman a su patria:

“Ea, pues, soldados de la patria: no olvidéis jamás que nuestra obra es de Dios; que Él nos ha concedido esta Bandera, que nos manda la sostengamos, y que no hay una sola cosa que no nos empeñe a mantenerla con el honor y decoro que le corresponde. Nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, y nuestros conciudadanos, todos, todos, fijan en vosotros la vista y deciden que a vosotros es a quienes corresponderá todo su reconocimiento si continuáis en el camino de la gloria que os habéis abierto. Jurad conmigo ejecutarlo así, y en prueba de ello repetid: ¡Viva la Patria!”

El Triunvirato de Buenos Aires atemorizado le pidió que se repliegue en Córdoba. Pero Belgrano no acató la orden y aunque se retiró de Jujuy se arriesgó a enfrentar en Tucumán a los realistas. El triunfo en la batalla de Tucumán, librada el 24 de septiembre de 1812, salvó la posibilidad de lograr la Independencia. Ese día era, como dice el mismo Belgrano en el parte de guerra, “el de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos”. Fue una batalla increíblemente confusa: cada unidad peleó por su lado, se desató una tormenta de tierra e incluso el cielo se oscureció por una manga de langostas. Belgrano acampó a cierta distancia y comprendió que su ejército estaba en inferioridad de condiciones frente a los realistas. Sus hombres eran apenas 1600 contra 3000 de los dirigidos por Pío Tristán quién, dicho sea de paso, había sido compañero de estudios de Belgrano en Salamanca. La victoria en Tucumán fue una de las más importantes de la guerra de la independencia argentina.

Belgrano reorganizó las tropas y avanzó hacia Salta. El 20 de febrero de 1813 se libró la batalla de Salta, en la pampa de Castañares, lindante con la ciudad de Salta, en la que logró un triunfo completo, haciendo inútil la defensa de las tropas de Pío Tristán. Fue la primera vez que la bandera argentina presidió una batalla.

Poco después entregó el ejército del Norte al General San Martín. Y el 20 de junio de 1820, pobre y enfermo, murió en Buenos Aires. Estas son algunas de las hazañas de un hombre que se entregó por amor a su patria, de un abogado que renunció a su carrera y a su fortuna y se convirtió en general de la independencia.

De sus últimos días un testigo fiel, el doctor Manuel Antonio Castro, que lo acompañó desde Córdoba a Buenos Aires y estuvo con él hasta el instante final, nos ha dejado una semblanza, que guarda coherencia con el modo de vivir y de sentir de Belgrano:

«Se le presentó por fin la muerte y su gran corazón ni se abatió ni se exasperó. La divisó sin emoción, y la esperó sin turbación. Sus serenas reflexiones eran la admiración de los circunstantes. El hombre grande moribundo, tiene no sé qué de imponente y de augusto… Yo tocaba sus manos desfallecientes con respeto, y el lecho fúnebre en que esperaba su muerte, me parecía un santuario.
Él deseaba instantes de soledad, y uno de ellos, en que lo hallamos en profunda meditación, pálido y los ojos casi extintos notamos al mismo tiempo una tierna inquietud en su semblante y pareciendo reanimarse al vernos, pensaba, nos dijo, en la eternidad a donde voy y en la tierra querida que dejo. Espero que los buenos ciudadanos trabajarán por remediar sus desgracias».

Belgrano fue un patriota. Lo cual no es poca cosa. Realmente amó la Argentina heredera de la España Fundacional y se desveló por hacerla grande.

Oigamos lo que nos dice a los docentes: “El maestro procurará con su conducta, y en todas sus expresiones y modos, inspirar a sus alumnos amor al orden, respeto a la Religión, consideración y dulzura en el trato, sentimientos de honor, amor a la virtud, y a otras ciencias, horror al vicio, inclinación al trabajo, desapego del interés, desprecio de todo lo que diga a profusión y lujo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional que les haga preferir el bien público al privado, y estimar en más la calidad de Americano que la de Extranjero.”

“Porque desengañémonos, el ejemplo… Si, el ejemplo es el maestro más sabio para la formación de las buenas costumbres. Nada valen teorías, en vano las maestras explicarán y harán comprender a sus discípulas lo que es justicia, verdad, buena fe, etc., y todas las virtudes, si en la práctica las desmienten, esto arrollará todo lo bueno, y será la conducta en los días ulteriores de la depravación.” Es todo un verdadero ideario educativo que nos muestra su patriotismo inquebrantable.
Belgrano fue un patriota, lo cual no es poca cosa. El patriota es alguien que ha aprendido a amar profundamente. No es fácil llegar a serlo. Pero debe ser nuestro ideal. Al mirar nuestra bandera debemos evocar las gestas patrióticas de Belgrano, de Güemes, de San Martín, de los que lucharon en Malvinas y de tantos que se juegan silenciosamente por amor a la patria.

Un símbolo representa una realidad. Esa realidad, en el caso de la bandera, se llama patria. Realidad de tiempo y eternidad. Realidad de tierra y sangre derramada generosamente. Sin grandes amores el hombre es nada, es una simple brisa que pasa inadvertida. Son los grandes amores los que elevan al hombre y lo convierten en un torrente de agua cristalina que se derrama y fecunda la tierra.

El amor a la patria debe ser más profundo cada vez y debe realizarse en las cosas simples y concretas de cada día. No debe ser un puro intelectualismo de aquel que señala y critica desde un escritorio todo lo que no le gusta de la realidad hasta quedarse sin más realidad que la que inventa su razón. El intelectualista, el ideólogo, que no es el contemplativo, se queda de brazos cruzados cuando la realidad no puede ser dominada por su razón razonante y cae con facilidad en el pesimismo. Su patriotismo, si es que lo tiene, es una simple expresión de deseos. No es un amor, porque no se juega, porque no arriesga sino que calcula y enfría su corazón. La amargura gana su corazón. No sufre por la patria, sufre porque su pensamiento no se hizo realidad.

Un abismo se abre entre hombres como Belgrano y Rivadavia. De un lado el patriota, el que ama la realidad profunda y lo demuestra con los actos. Del otro el ideólogo que quiere meter la patria, ese gran misterio providencial, en su cabeza. Quiere armar la patria como si todo dependiera de él, como si fuera, en fin, un rompecabezas o un juego de ladrillitos.

Belgrano fue un patriota y eso señores no es poca cosa. Belgrano es un padre de la patria. Y como dijo José Antonio Primo de Rivera “Sólo se alcanza dignidad cuando se sirve. Sólo es grande quien se sujeta a llenar su sitio en el cumplimiento de una empresa grande.”
Ojalá estas conmemoraciones, como la de hoy, sirvan para que nuestra conciencia patriótica sea cada vez más profunda, para que arda nuestro corazón.

Prof. Lisandro Mendoza

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